
Del sarcasmo de Clint Eastwood, mostrando su pericia al revólver en el fondo del valle, al insuperable glamour de Brigitte Bardot y Claudia Cardinale, luciendo palmito junto a las vías del tren. Hubo un tiempo en el que las provincias de Burgos, Soria, Segovia y Ávila fueron un plató de cine perfecto para el género western. Recorremos los parajes que acogieron a grandes producciones ambientadas en el Oeste americano.
Noelia Ferreiro. REVISTA VIAJAR – Octubre 2025
Un botín enterrado en una tumba, tres hombres rápidos con el gatillo y un desenlace épico de traición y supervivencia. Es, tal vez, el más icónico duelo de la historia del cine, aquel en el que Clint Eastwood, Lee van Cleef y Eli Wallach se baten el cobre en la secuencia final de El bueno, el feo y el malo, mientras la eterna música de Ennio Morricone intensifica el impacto emocional. Esta escena, que elevó la cinta de Sergio Leone a una obra antológica del spaghetti western, tuvo como telón de fondo al Valle de Mirandilla, en la provincia de Burgos, cerca del Monasterio de Santo Domingo de Silos y el desfiladero de La Yecla. Un paisaje en el que los sabinares agrestes y las formaciones calizas remiten a la calcinante belleza del Oeste americano.
Hay un idilio confeso entre las tierras de Castilla y León y este género cinematográfico poblado por vaqueros, sheriffs y forajidos que transitan al galope por desiertos olvidados, ranchos polvorientos y pueblos fronterizos en medio de la nada, a menudo hostiles y desoladores. Convertidos en parajes de Río Grande, Texas, Nuevo México o Arizona, muchos rincones de Burgos, Soria, Segovia y Ávila fueron el plató de grandes producciones norteamericanas que durante los años 60 y 70 aprovecharon su clima, su orografía (y ciertas condiciones sociales) para enmarcar estas historias atravesadas por códigos de honor y fechorías al borde de la ley.
Un destino de cine
“El cine de Hollywood vio un filón en estos espacios que permitían un traslado rápido y un despliegue económico de medios con muchos extras y efectos especiales”, explica Sergio García, experto en localizaciones históricas de rodajes y en la promoción de Burgos como destino fílmico. “En estas provincias, como en Almería, la capacidad de evocar a la América profunda desató todo un boom de películas del lejano Oeste, que no solo muestran la riqueza y diversidad de su patrimonio audiovisual, sino que, además, impulsan auténticos peregrinajes a estos destinos”, añade, en referencia a lo que se conoce como set jetting. Este término, acuñado del inglés, denota la tendencia a viajar, movidos por un componente emocional, a lugares inmortalizados en la gran pantalla.
Pero volvamos a la secuencia final de El bueno, el feo y el malo y al mítico escenario que la envuelve: el cementerio de Sad Hill, allí donde acontece el clímax apoyado por la fuerza de los primeros planos y el sarcasmo de los diálogos. Este cementerio de guerra, al que el director quiso dar el empaque de un coliseo romano, fue construido por 250 soldados del ejército español con más de cinco mil tumbas dispuestas en círculos concéntricos alrededor de una plazoleta empedrada. Un decorado natural que, una vez finalizado el rodaje en 1966, quedó sumido en el abandono, sepultado por el tiempo y la maleza. Hasta que se fundó la Asociación Cultural Sad Hill, capitaneada por el propio Sergio, con un objetivo quijotesco: recuperar la potencia visual de este enclave hasta convertirlo en un templo de la memoria colectiva.
Gracias a un crowdfunding se ofreció la posibilidad de apadrinar cada lápida por 15 euros y con lo obtenido se desbrozó la zona, se restauró el muro y se colocaron las cruces. “Fue una gesta romántica de amor al cine, al pasado y a la tierra, a la que de golpe llegaron miles de solicitudes. Cuando la gente vio que su nombre podía figurar en un paraje divinizado por Clint Eastwood, se desató la locura”, recuerda García, que también estuvo al frente de la Burgos Film Commission durante cuatro años. “Así fue como en 2015 nació, o más bien renació, el único cementerio del mundo en el que uno puede llevar flores a su propia tumba”, bromea. Un cementerio que, por cierto, es contemplado por los miles y miles de personas que acuden a los conciertos de Metallica en todos los rincones del mundo. Antes de iniciar sus canciones, la banda de heavy metal reproduce parte de esta escena final en sus pantallas gigantes. Y lo hace al ritmo de El éxtasis del oro, de Morricone, que forma parte de la banda sonora, y siempre bajo el horizonte de los paisajes burgaleses.
No son los únicos, claro, que aparecen en esta película, con la que Sergio Leone cierra la Trilogía del Dólar (las otras son Por un puñado de dólares y La muerte tenía un precio). Otro escenario emblemático es Betterville, el campo de prisioneros donde tienen lugar las torturas y las ejecuciones. Hace justo un año fue reconstruido en su emplazamiento original, un altozano cercano a la localidad de Carazo y conocido como Majada de las Merinas. Pero en este caso hubo un impulso agridulce. En julio de 2022 un incendio arrasó 1.500 hectáreas del Parque Natural Sabinares del Arlanza-La Yecla, dejando una triste imagen de troncos quemados. “Con ellos, en un acto de justicia poética, se erigió este imponente fuerte con una empalizada y vallas de madera, fiel al decorado en el que se rodaron las escenas más duras”, explica Sergio, en alusión a aquellos planos violentos en los que el director decidió emplear una orquesta para amortiguar con su música los alaridos. Este detalle truculento, inspirado en los campos de concentración nazis de la Segunda Guerra Mundial, implicó buscar a los extras entre músicos de la zona, con el requisito de que manejaran instrumentos y de una delgadez acorde a los cánones de los presos. Entre los elegidos estuvo Domingo Contreras, que hoy roza el centenar de años y aún recuerda aquellas escenas en las que tocaba la armónica.
Tras el bueno, el feo y el malo
Sin salir de Burgos, seguimos las huellas de El bueno, el feo y el malo en las ruinas del Monasterio de San Pedro de Arlanza, en Hortigüela, convertido en el filme en hospital militar. Aquí donde Tuco (Wallach) lleva a El Rubio (Eastwood) a curar sus heridas después de cruzar el desierto, pervive la ventana desde la que se reconoce a la Ermita de San Pelayo en una loma cercana. En las inmediaciones, la Sierra de las Mamblas despliega su belleza escarpada, labrada por la erosión del río Arlanza, que ha convertido el valle en un cañón horadado por cuevas y manantiales. Pero la escena más espectacular (y costosa) de la película se desarrolla a unos tres kilómetros de distancia.

Se trata de la aparatosa batalla por el control del Puente Langstone, que salvaba la brecha del Río Grande (aunque en realidad era la del Arlanza). Un puente de madera de cien kilómetros de longitud, que tuvo que ser construido hasta en tres ocasiones debido a dos fallos garrafales al rodar la voladura: la primera vez no resultó vistosa y en la segunda, las cámaras no se encontraban rodando. A la tercera, como dice el refrán, fue la vencida. Una explosión apoteósica que seguramente afectó a este entorno tapizado de chopos y sobrevolado por alimoches y buitres negros y leonados, pero que no se tuvo en cuenta porque, en aquella época, no existía la conciencia ambiental. Como colofón a esta oda cinematográfica, conviene acercarse a Covarrubias, donde se alojaron los tres protagonistas en el hotel Arlanza. Y ya de paso, comer en el restaurante Casa Galín una contundente olla podrida (alubias, oreja, patas de cerdo, costillas adobadas, chorizo, morcilla, morcillo de buey…) que para el equipo artístico era un manjar insuperable.
Territorio western
Es la variedad paisajística uno de los alicientes que hicieron de Castilla y León un auténtico plató para el western. Incluso los terrenos boscosos sirvieron de set de rodaje a este tipo de producciones, como demuestra el Monte Hijedo, también en Burgos, pero ya en los límites de Cantabria. Este magnífico robledal, uno de los más destacados de la península ibérica, fue uno de los escenarios de La vuelta de El Coyote, dirigida por Mario Camus y protagonizada por José Coronado. Un filme que recoge las aventuras de un misterioso héroe enmascarado, en las que también aparece, imponente, el Cañón del Ebro y el hermoso pueblo de Orbaneja del Castillo. Porque la otra gran baza de esta comunidad es el patrimonio histórico. La fotogenia de sus monumentos, los vestigios de todas las épocas, la presencia de todos los estilos, fueron un manantial para el universo audiovisual, que supo sacar provecho hasta de las ruinas. Es el caso de una espadaña fantasmal que encontramos en el pueblo de Milagros, en plena Ribera del Duero y a orillas del río Riaza. Este resto, el único que se conserva de la Ermita de Valdeherreros, hizo las veces del poblado mexicano de Casas Grandes en la película Plazo para morir, de Giovanni Grimaldi, que retrata las andanzas de dos jóvenes pistoleros.
Pero si hay una localidad en Burgos sobre la que aún pesa el impacto de una filmación, esta es Salas de los Infantes. Especialmente en la antigua estación de la desaparecida línea ferroviaria Santander-Mediterráneo (que nunca llegó a Santander, ni al Mediterráneo). Aquí, por donde pasaba el tramo que iba desde la capital hasta Cabezón de la Sierra, se rodaron secuencias de Las petroleras, una comedia francesa ambientada en el Oeste, que no pasó precisamente a los anales de la historia, pero sí tuvo una repercusión brutal en su vertiente glamurosa. Y es que, en aquella España mojigata del año 71, la belleza de Brigitte Bardot y Claudia Cardinale dejó atónita a la población. Es casi lo único que se recuerda de esta película en la que participó José Luis López Vázquez y una jovencísima Teresa Rabal, y por la que pasó la apisonadora de la censura franquista. Lo que sí logró, con semejantes sex symbols, es rebajar la testosterona propia de los westerns.

La provincia de Soria, con sus sierras majestuosas y sus pueblos de piedra, tampoco fue inadvertida para Sergio Leone, que decidió rodar su filme Agáchate, maldito en el hermoso municipio de Medinaceli. Este pueblo, perteneciente al club de los más bonitos de España, domina una encrucijada en el Alto Jalón, rodeado por las cuencas del Tajo, el Ebro y el Duero. Aunque su arco romano goza de singularidad, es la Plaza Mayor el espacio más representativo, en el que se grabó el grueso del que ha sido visto como un western algo descafeinado. En la provincia de Segovia, sin embargo, sorprendió el rodaje de una serie española ambientada en el siglo XIX y con elementos característicos del cine del oeste: Tierra de Lobos, emitida en la televisión desde 2010 a 2014, cuya historia, básicamente, versa sobre dos hermanos forajidos que se encuentran con su pasado mientras se empeñan en buscar su futuro.
Esta vez, la acción se sitúa en Maderuelo, una minúscula villa medieval rodeada por el embalse de Linares y perteneciente al Parque Natural de las Hoces del Riaza. Encaramada a un peñasco rocoso y dominada por una fortaleza, su entramado exhibe una soberbia belleza, con iglesias románicas, edificaciones de simbología templaria y vestigios de la época musulmana. Al lado de las aguas se erige la catapulta con la que lanzan sandías en las fiestas de agosto, y en la otra orilla, un centro de interpretación de aves ideado por Félix Rodríguez de la Fuente. Parte de la serie también tuvo como escenario a Pedraza, una bella localidad segoviana a la que la cámara le sienta realmente bien. No solo por sus murallas, palacios, casas blasonadas y un imponente castillo del siglo XIII, sino también por contar con un tendido eléctrico soterrado que embellece las calles y facilita los rodajes.
Así llegamos a la provincia de Ávila en busca de las localizaciones de la más reciente producción de este género: The English, una miniserie dirigida por Hugo Blick y estrenada en 2022. Este drama western de romance y venganza convierte a una granja privada de Campo Azálvaro (no lejos de El Espinar) en el Medio Oeste estadounidense del siglo XX. Su paisaje suavemente alomado, la nieve lejana de las cumbres, el suelo de tonos anaranjados y las amplias llanuras atravesadas por una carretera recta, como trazada con tiralíneas, sugieren remotos parajes de Kansas y de Wyoming. Pero siguen siendo las tierras de Castilla y León, concebidas como una parte arquetípica de estas historias plagadas de tiroteos, peleas, asaltos y persecuciones, que encierran también una reflexión sobre el ser humano y los límites de su lealtad.